El robo de las elecciones presidenciales y el escándalo de corrupción de la transnacional energética Enron demuestran que la democracia estadounidense se acerca cada vez más a un régimen feudal o, dicho en buen criollo, a una república bananera de alta tecnología – a high-tech banana republic. Esa aportación a las formas de convivencia política podría ser divertida, si no fuese por el hecho de que se trata de la potencia más poderosa del mundo.
El robo de las elecciones presidenciales y el escándalo de corrupción de la transnacional energética Enron demuestran que la democracia estadounidense se acerca cada vez más a un régimen feudal o, dicho en buen criollo, a una república bananera de alta tecnología – a high-tech banana republic. Esa aportación a las formas de convivencia política podría ser divertida, si no fuese por el hecho de que se trata de la potencia más poderosa del mundo.„República bananera“ es el término que la clase política estadounidense acuñó para los países centroamericanos gobernados por su transnacional United Fruit Company, conocida por las víctimas como „Mamá Banana“. „Mamá Banana“ ofrecía sus voluminosos y dulces pechos, llenos del néctar de la corrupción, a todo aquél canalla dispuesto a convertir países soberanos latinoamericanos en haciendas feudales, y democracias nacionales en tiranías empresariales, tal como sucedió con Guatemala, Nicaragua y Honduras, entre otros. Escogía, en colaboración con la Casa Blanca, a sus mayordomos nacionales, llamados presidentes; estos, a su vez, seleccionaron a los capataces de „Mamá Banana“, subastando los lucrativos puestos de Estado entre la elite económica-política; los partidos políticos, los parlamentarios, la prensa, la policía y los jueces fueron cómplices del negocio, pues estaban en la nómina de la plutocracia. Esto es, esencialmente, el panorama de la democracia estadounidense en la actualidad.
Dentro de esta lógica, la campaña presidencial estadounidense del año 2000 – que tuvo un costo de tres mil millones de dólares y en la cual los ciudadanos pudieron elegir entre cuatro millonarios blancos – aportó otra original innovación a la democracia occidental: invistió como presidente electo al candidato que más votos ciudadanos reunió en su contra: George Bush II. Tal travestía política fue posible, gracias a la combinación de cuatro elementos: 1. un sistema electoral que, según el expresidente James Carter, no cumple con „las normas mínimas“ para elecciones democráticas; 2. un descarado fraude electoral en el estado de La Florida, gobernado por Jeb Bush, hermano del presidente; 3. la no menos descarada legalización del fraude por la Corte Suprema de Justicia en Washington, D.C., y, 4. la complicidad de los intelectuales del sistema en el encubrimiento del ilícito. De esta manera, llegó el actual campeón mundial de la democracia y del antiterrorismo al poder: con una raquítica legitimidad democrática conferida por el 25 por ciento de los ciudadanos de Estados Unidos, y el fraude.
Con el escándalo de corrupción de la empresa Enron quedó aun más claro el carácter del sistema político del país. „Mamá Banana“ había dejado de comercializar bananas para dedicarse a los energéticos y había cambiado de nombre: ahora se llamaba „Mamá Enron“. Y nuevamente, de sus voluminosos y generosos pechos se nutrían Senadores y Diputados, el presidente y sus amigos, profesores, periodistas y abogados; pero, esta vez no en la hacienda centroamericana, sino en el glamoroso centro del poder mundial, en Washington.
Sobre la colina del Congreso, en Capitol Hill, cayó abundante el maná de Enron que financiaba a alrededor del 45 por ciento de todos los parlamentarios (188) y al 71 por ciento de todos los senadores. En el Comité de Energía y Recursos Naturales del Senado, que debía supervisar a Enron, 19 de los 23 miembros se nutrieron de la filantrópica transnacional, entre ellos, todos los senadores republicanos. En el Comité parlamentario (House) de Energía y Comercio, 51 de los 56 miembros (91%) recibieron donativos del mecénas o de su corrupta transnacional de contabilidad, Arthur Anderson. Phil Gramm, el republicano de mayor rango en el Comité Senatorial sobre Bancos, recibió 97,350 dólares, mientras su esposa, Wendy, cobraba en el Consejo de Administración de la empresa.
En el Ejecutivo, John Ashcroft, el actual fiscal general, recibió 97 mil dólares cuando era senador; Bush II – quien ya ha mentido dos veces públicamente sobre su relación con Enron – recibió más de 400 mil dólares para sus candidaturas a gobernador de Texas y presidente. Su más importante consejero político, Karl Rove y más de 30 personajes de su gobierno están vinculados a Enron, entre ellos Thomas White, actual Secretario del ejército, quien fue nombrado por Bush II para llevar la „cultura empresarial“ de Enron al ejército, para combatir al burocratismo.
En contrapartida de su generosidad financiera, la empresa recibió múltiples favores del sistema: los ejecutivos de Enron se llevaron alrededor de 1.1 mil millones de dólares a sus cuentas privadas, sin ningún problema; a nivel mundial, la clase política y el gobierno de la Unión Americana le abrieron los mercados mediante llamadas, presiones y lobbying personales; dentro de Estados Unidos los lobbyistas del sector energético lograron un debilitamiento general de las protecciones ambientalistas, incluyendo el sabotaje al Tratado internacional de Kyoto; el fondo de pensiones de la Florida, administrado, entre otros, por el gobernador Jeb Bush, invirtió más de 300 millones de dólares de los fondos de los trabajadores en Enron, una inversión que ahora está perdida; el fisco de Estados Unidos tampoco molestó a „Mamá Enron“, porque tenía que mantener a tantos hijos: durante cuatro de los últimos cinco años la transnacional estuvo exento del impuesto sobre ingresos (income taxes), entre otras razones, porque abrió 881 subsidiarias en los „paraísos fiscales“ que escondieron „legalmente“ las ganancias.
Las ventajas de Enron son típicas de un sistema plutocrático sin democracia real. Miles de grandes empresas, las que tienen activos superiores a los 250 millones de dólares, no pagan impuestos, al igual que otros ricos. En 1996, más de 16,000 de los estadounidenses más rósperos – los que ganan más de 200 mil dólares al año – disfrutaban de una tasa impositiva real menor del 10 por ciento (¡!). Más de 1000 de estos, incluyendo 101 millonarios, no pagaron impuesto alguno sobre sus ingresos.
Este engranaje de corrupción política-económica de la high tech banana republic no sería posible sin el apoyo de los grandes despachos transnacionales de abogados, de contabilidad, de las agencias de cálculo de riesgos crediticios, como Moodys, S & P, etc., y de la prensa. Durante cuatro años seguidos, Enron fue calificada en las encuestas de la revista de negocios Fortune, como la compañía „más innovadora“ de Estados Unidos y ninguna de las poderosas agencias de „credit rating“ con sus centurias de analistas y „especialistas“, ni las autoridades respectivas levantaron la voz de alarma sobre las corruptas prácticas de Enron.
Las elecciones presidenciales, el escándalo de Enron, la exclusión de Washington de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, su abierto apoyo al terrorismo de Estado de Israel y su fascistoide política exterior demuestran que Estados Unidos se convierte cada vez más en un peligro para la paz y democracia mundial. Y es obvio porque: una elite dominante, dotada de un sistema político plutocrático-feudal y de armas nucleares sitúa a la humanidad a un paso del infierno.
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